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El inquisidor y la Mezquita

18 de Febrero de 2018
Diario Córdoba ImagenHay personajes en la Historia con muchas más sombras que luces en su biografía, como el caso de Alonso Manrique, obispo de Córdoba entre 1516 y 1523. Sus comienzos fueron brillantes, pues con sólo 28 años sería nombrado obispo de Badajoz. Tras la muerte de Isabel la Católica, se posicionó del lado de los Austrias, lo que le costó que Fernando el Católico lo pusiera entre rejas. Pero el ascenso al poder de Carlos I reimpulsó su carrera, siendo nombrado en los años sucesivos obispo de Córdoba, arzobispo de Sevilla, inquisidor general y cardenal.
Durante su mandato, uno de los más cruentos de la Inquisición española, 2.500 personas fueron quemadas y 11.250 torturadas. La amistad que le unía con Carlos I ayudó a que su hijo también fuera nombrado inquisidor. Entre sus víctimas destacó San Juan de Ávila, actual patrón del clero español, acusado por un falso testimonio fruto de la envidia que despertaba.
Sin embargo, Alonso Manrique no pasó a la historia por ninguno de esos motivos. Si por algo será siempre recordado es porque suya fue la idea, siendo obispo de Córdoba en 1521, de «talar» la zona central del bosque de columnas de la Mezquita para construir en su interior el crucero de una catedral. El Ayuntamiento de la época se opuso a dicho destrozo, sin amedrentarse ante la amenaza de excomunión lanzada por Manrique, hasta el punto de que tuvo que ser el mismísimo emperador quien intermediara en el conflicto. Finalmente, Carlos I inclinó la balanza del lado de la entonces todopoderosa Iglesia.
Asegura la tradición que algunos años después el monarca visitó el templo para contemplar el resultado de la obra, y se conmovió profundamente, pronunciando para la posteridad las siguientes palabras: «Si yo hubiera sabido lo que era esto, jamás habría permitido que se llegase a lo antiguo; porque habéis destruido lo que era único en el mundo, y habéis puesto en su lugar lo que se puede ver en todas partes».
Aunque esta sentencia se ha reproducido hasta la saciedad, probablemente nunca salió de la boca del emperador del Sacro Imperio Romano Germánico. Como ocurre con toda leyenda, hay que saber leer entre líneas, y si los cronistas inventaron el supuesto arrepentimiento de Carlos I con la reforma para dejar en buen lugar a su rey, significa que la decisión no gozó de ninguna popularidad en su época.
Sin embargo, debemos ser capaces de mirar más allá, y plantearnos la cuestión desde un nuevo punto de vista. Hace más de doce siglos se comenzó a construir esta obra arquitectónica de singular belleza que, a día de hoy, es el edificio en uso más antiguo de toda la península. No sólo eso, sino que además, continúa cumpliendo unas funciones análogas a aquellas para las que fue concebido. De no haberse incrustado el crucero catedralicio en su interior, ¿piensa usted que las autoridades eclesiásticas del Renacimiento hubieran permitido que el símbolo del poder musulmán en Al-Ándalus continuara brillando? ¿Realmente cree que la joya de la corona de nuestro patrimonio, el elemento diferenciador que convierte a Córdoba en un destino turístico único, seguiría en pie de no albergar una catedral en su interior?
Al final, va a resultar que estábamos en deuda con Manrique y ni lo sospechábamos.

(*) El autor es escritor y director de Córdoba Misteriosa. Puede seguir su trabajo en www.josemanuelmorales.net
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